» Día 10
La organización es la clave para hoy. Tenemos que dejar el cuarto al mediodía, no queremos perder el último momento de playa, es una hermosa mañana de sol y nuestro transfer pasa a las 17. Todo un reto.
A las 9 estamos en la arena de Copa, bien desayunados. A las 10, una pareja al lado nuestro ya se tomó nueve latitas de Skol. Precisamente ellos son víctimas de un hecho delictivo con final inexplicablemente tranquilo: se fueron al mar, vieron a un muchacho que juntaba latitas que recogió furtivamente su celular, lo corrieron, le pidieron el teléfono, el ladrón lo devolvió y final de la historia.
Poco después de la once estamos volviendo al hotel. Terminamos de hacer la valijas y pasamos la tarde en la terraza, para darnos un chapuzón en la piscina ya con el check out listo.
Un cordobés (con flequillo a lo galán de Hollywood de los ’70) se queja de que su familia, mucho más temerosa que él, no lo dejó hacer muchas de las cosas que hicimos nosotros en Rio. Después aparece un belga que me recuerda a Malcom McDowell, sólo que hablando un esforzado español. Las palabras y los nombres de las ciudades le cuestan, pero el hombre conoce la Argentina y toda Latinoamérica de punta a punta. Gesticula mientras esfuerza su memoria. “Ehh… Bariloche, Los Sete Lagos… ehh… ¡Esquel! Oooh, mañífico”, repite su muletilla sin dejar de sacudir las manos.
Tenemos la última instantánea: el vecino de enfrente sigue con su costumbre de todos los años y se pasea desnudo por la terraza.
Nos bañamos algo incómodos en la ducha del gimnasio y de repente aparecemos vestidos de pantalones largos. El belga se sorprende.
Antonini llega muy puntual. Increíblemente, nuestro compañero de viaje hasta el aeropuerto (y se ve que también hacia Rosario) es el mismo gordo maleducado de la ida junto a su inexpresiva hija. Antonio Antonini debe tener algún problema: casi ni habla. Pero cuando alguien sugiere algún contratiempo en Rio de Janeiro salta en defensa de su querida ciudad como un gato patas para arriba. Comentamos el robo del celular en la playa. “Ese hombre es un tonto, al ser humano no hay que tentarlo porque puede fallar”, argumenta, y cuando se entera que finalmente pudo recuperar el teléfono remata: “Un tonto astuto”. Nuestro desagradable compañero de transfer dice que una vez lo robaron en la Catedral Metropolitana. “Debe haber sido el cura, el Papa tiene muchos gastos”, dispara Antonini, brillante. Y no vuelve a abrir la boca hasta el Galeão.
En el aeropuerto empiezan a surgir caras conocidas. Los cordobeses, Menchín y Menchina (las caras los venden) y cinco muchachas muy ridículamente a la moda que también habíamos visto en Rosario. Tenemos tiempo para recorrer el Galeão, completamente renovado, incluso al punto de que el inmenso patio de comidas y los comercios del segundo piso fueron mudados a los otros niveles y reemplazados por modernas instalaciones para atender a los viajantes.
Gastamos los últimos reales en comida y ya estamos abordando. El tiempo pasa rápido, pero el vuelo se demora una hora. Otros la pasan mucho peor que nosotros. En la cola para subir al avión, un muchacho le avisa a su padre que dentro de unas seis horas estará en Buenos Aires, luego de pasar por San Juan.
El vuelo a Porto Alegre es un placer. Debajo de nosotros Rio está iluminada, brillante. Pero el cansancio es más fuerte. Cada tanto, Claudia abre los ojos como perdida y su cabeza vuelve a caer como si se hubiese desmayado. Rápidamente abordamos en el Salgado Filho. En el avión, un hombre se queja en voz alta: también viene de Rio de Janeiro, pero antes pasó por Brasilia, en el centro mismo de Brasil; carga con seis horas más de viaje que nosotros.
Poco podemos decir del vuelo a Rosario. Incluso llego a dormirme dos veces en el ratito en que la azafata pasa por los asientos repartiendo bebidas y un sándwich. Creo que es cuestión de entrenamiento: ya casi ni me molestan los saltos del avión.
Creí que iba a ser más difícil para nosotros no contar con algunos días de vacaciones en un destino netamente playero, como Búzios o Angras dos Reis, pero lo realmente difícil (cada vez más) es despedirse de Rio. Aprovechamos cada minuto del viaje, come rain or come shine. Nos atiborramos de jugos, tanto que ni siquiera probamos la caipirinha. Caminamos a morir, nos sorprendimos con nuevos rincones y disfrutamos de la playa. Otro viaje inolvidable. Es un juramento: ya vamos a regresar. A Rio de Janeiro no se va, siempre se está volviendo.
» LA FRASE DEL DIA: “¿Qué hay acá? Tengo un Cristo…” (Menchín, en el aeropuerto de Rosario, al pasar por el scanner una absurda lata gigante de cerveza… ¿con un Cristo Redentor?)
» EL TITULO DE MEIA HORA: “Abolição: fuzilado com pastel na mão”
Viernes, 27 Noviembre, 2009 at 1:09
Excelente chicos! excelente historia. Viajo a Rio y Buzios de luna de miel, estoy maravillada, después de tanto leer creo que ya conozco Río y ya lo amo… seguro nos volveremos adictos….
Qué grab experiencia…
Sábado, 28 Noviembre, 2009 at 12:22
Muchas gracias, Lo. También tengo un blog sobre Rio de Janeiro, Ciudad Maravillosa, que probablemente te sea de utilidad para el viaje. Mucha suerte y gracias por el comentario!