Las Pan Dulce en el desayuno del hotel.

Llueve. El pronóstico, esta vez, acertó. Parece que es bien difícil saber cuándo va a caer agua o no en esta zona. Claro, ¿cómo no iba a acertar si viene diciendo que va a llover desde que llegamos? Eso quiere decir dos cosas: o va a seguir lloviendo o va a parar. Así que vamos a desayunar, tranquilos, despacito, con todo el tiempo del mundo. Pero sigue lloviendo. Claudia dice “a dar por culo” (no lo dice pero lo piensa) y decide impetuosamente nuestro itinerario de hoy, o al menos tiene en claro el punto cardinal. Vamos hacia el norte. A Cancún.

No es que no tenga ganas de ir a Cancún, en realidad, cuando estoy de vacaciones me pueden llevar a cualquier lado y yo voy feliz. Pero lo cierto es que Cancún no me atrae, no me llama. Llevo acumulados varios comentarios contundentes del tipo “es una porquería”, pero ya venía con una investigación propia del que no hace mucho fuera el destino turístico por excelencia en la península de Yucatán, incluso son muchos los avioncitos que siguen yendo derechito para allá y los viajantes terminan tomando solcito en el Caribe cancunense. Le pasó a Acapulco, le está pasando a Cancún… suena como otro destino descartable. Entonces vamos a ver de qué se trata.

Masticación también en la terminal.

Ahora no llueve, pero no sería nada raro que se largue de nuevo en cualquier momento. En la terminal de ADO que está a dos cuadras del hotel tenemos un ómnibus a Cancún cada quince minutos. Bueno, eso es lo que dicen en ventanilla, pero en la práctica llevamos más de media hora acá, el equivalente a dos servicios Playa-Cancún, pero seguimos en cero. Llega un colectivo que viene de no sé dónde y sigue rumbo al DF. ¡Al DF! ¡¡Son 1.600 kilómetros!! Sí, eso, estiren las patas, lo van a necesitar.

Nuestro chofer le da play a la misma película que empezamos a ver el otro día (Eva Méndez se llama la actriz, tuve que buscar en IMDB) y que hoy tampoco vamos a llegar hasta el final. Hace frío en este colectivo, afuera está feo pero no debe hacer ni por las tapas la temperatura bajo cero que nos congela el traste acá adentro. “Es una locura”, se queja una pendeja argentina al chofer cuando llegamos a Cancún. Eva Méndez es una despiadada productora que llegó a estrenar su reality y ahora los dos primeros participantes zafaron de pegarse un tiro en la ruleta rusa en vivo y… otra vez la película inconclusa. Por lo menos vimos un poquitito más.

Una instantánea sólo para recordar dónde está la terminal. El resto de la ciudad no merece fotos.

La terminal de ADO es grande, modernosa, fea. Salimos a avenida Tulum. Las calles se llaman Xel-Há o Xcaret, es como si en Rosario hubiese una avenida Italpark. De inmediato tengo perfectamente ubicados los puntos cardinales, ya estoy orientado. Pero no es para festejar, el lugar definitivamente no es lindo, todo es gris, deslucido, las casas son como las de un barrio cualquiera en Rosario, los negocios son feos, el bulevar Tulum es demasiado kitsch para un lugar tan triste. Es como Miami pero triste, sin playas, quizás en la zona hotelera (en la “barra” frente a la ciudad, metida en el mar) sea muy distinto. Una señora nos recomienda visitar Plaza Las Américas (aquí le llaman plaza a los paseos de compras, un shopping), dice que nos tomemos un camión (ómnibus, en mexicano) o, mejor, un taxi, que nos va a costar solamente veinte pesos. Preguntamos en una parada (un taxi de sitio) que nos ofrece ir por 35 pesos. Claudia se rebela pero el argumento del taxista termina siendo de lo más convincente: “Vaya, tómese uno en la avenida, le va a salir más barato pero esos son los que la asaltan”.

De shopping en Cancún.

Las Américas es un shopping monstruoso, interminable. Probablemente sea el único entretenimiento en Cancún. Me hace pensar en Barra da Tijuca, la zona más fea de Rio de Janeiro. En realidad, parece cualquier otro shopping en cualquier otro lugar del mundo. Vamos de una punta a la otra y Claudia averigua un lugar para comprar bijouterie, La Gran Plaza, en la otra punta de la ciudad. En una veterinaria tienen iguanas, zarigüeyas, pececitos y perritos… todos dopados, es evidente, están completamente nocaut. En el complejo de cines están dando… ¡”Marcelino pan y vino”! Lo raro es que no haya en cartel una de Cantinflas, que apareció cada vez que encendimos un televisor en este país. (nota: tiempo después descubrí que acababan de estrenar en México una remake de “Marcelino…”, debe ser esa la que está en las salas)

Vista a la zona hotelera desde el shopping.

Tomamos un taxi en la calle, no creo que sea tan peligroso, aunque tengo el sentimiento de que Cancún es el lugar menos seguro que pisamos en estas vacaciones. El taxista es muy amable y verborrágico: dice que viene huyendo de la locura del DF, otro más, como tantos otros laburantes en esta parte de México. Pero sus palabras parecen malditas y nos quedamos estancados en un embotellamiento. “Pos, ¿por qué?”, se lamenta el hombre, que nos explica que prácticamente no hay manera de que un taxista nos asalte o nos lleve a algún lugar poco recomendable. Asegura que hay muchas exigencias en Cancún para tener un taxi, que al final de cada jornada debe justificar cada metro que marque su GPS, que en México (el DF) cualquiera consigue una chapa, que el servicio casi no tiene controles, que allá sí, la cosa es más densa.

Pochoclos tamaño México.

La Gran Plaza es igual que Las Américas pero más chico. Claudia se saca las ganas con un par de chucherías para hacer collares a buen precio y después compra palomitas de maíz gigantes, las más grandes del mundo. “Es que eran baratas”, argumenta, bien argentina. Son las acarameladas, pero también tenían enchiladas, a todo le enchufan chile en este país, al pochoclo, a la carne, a las golosinas, a las botanas (los snacks) y a la fruta (he visto gente comiendo mango enchilado como quien lame un chupetín).

Un pobre empleado de farmacias Similares.

Lo único simpático que encontramos en Cancún son los tipos disfrazados de gordos médicos cabezudos en la puerta de las farmacias Similares (“lo mismo pero más barato”, dice el slogan). El resto, todo feo. Bueno, es cierto, ya nada me cae bien en este lugar, dejemos a salvo la avenida Uxmal, atrás de la terminal de ADO, más animada, con restaurantes de colores chillones en casas bajas con balconcitos a la calle, todo con un poco más de onda, seguramente con una vida nocturna interesante. Pero no es suficiente para pasar ni un rato más en esta ciudad, ya está decidido, nos subimos a un ómnibus y pegamos la vuelta sin visitar la zona hotelera.

Claudia asegura que fue otro día perdido, como el del Turibús en el DF (dice ella), pero yo pienso distinto, es otro lugar que conocemos, al menos para decir “ahá, sí pero no es para mí”. Estoy seguro que es el día que menos fotos sacamos. Adiós, Cancún, espero que nuestros destinos no se vuelvan a cruzar.

Salsas picosas en un negocio al resguardo de la lluvia.

Nos dejan en la otra terminal de Playa, al principio de la Quinta Avenida, justo cuando de repente llueve a cántaros y nos tenemos que ir guareciendo en los techitos de algunos comercios. Incluso lluviosa, me quedo con Playa del Carmen, ya estoy encariñado.

Es hora de las duchas, de los llamados a Rosario vía Skype, de las novedades en Facebook. Afuera cae agua a baldazos y en un instante es sólo llovizna, pero no se ha inventado el mal tiempo que me deje sin cenar, sólo tengo medio kilo de palomitas de maíz en el estómago. Buscando alternativas a El Diez (no es que sea malo, pero tampoco es cuestión de aquerenciarse demasiado) damos con un coqueto restaurante italiano de riquísimas pastas baratas. No tengo ganas de cervecita, y descubro que la Sprite tiene otro gusto que en Argentina, es un placer. ¿Será el sabor de la lima?

Un osito en Ah Cacao... ¡Qué peinadete!

Al regreso, ya convertido en vicio, café en Ah Cacao, el de Claudia decorado con un dibujito de un osito hecho con la espuma de la leche.

Ya tenemos contratada para mañana la excursión a Chichén Itzá, aunque Claudia sigue sin estar demasiado convencida; espero que las ruinas no me defrauden, aposté todo ahí. En el hotel conseguimos el mejor precio para excursiones de todo Playa (transporte + Chichén + almuerzo yucateco + cenote = 48 dólares per cápita). El problema sería que se mantenga el mal tiempo. “En Yucatán no llueve”, intenta tranquilizarnos el conserje. ¿No llueve ahora? ¿O no llueve nunca? Lo único que nos queda es rezarle a Quetzalcóatl, el mejor diosito que tenían los mayas. O, mejor todavía, a Tláloc, el de la lluvia, o del agua, no me acuerdo bien, ¡tienen tantos!

Un "doctor" de Similares.

La frase del día: “Nunca leí tantos libros ni escuché tantos CD como cuando manejaba en México” (el taxista de Cancún, que asegura que cuando trabajaba en el DF y quedaba en un embotellamiento, lo único que podía hacer era apagar el motor y adoptar pose budista)

El personaje: los pobres disfrazados de doctores gordos de farmacias Similares, bailoteando en las veredas de Cancún con sus panzototas de goma espuma y sosteniendo sus bigotes desproporcionados de peluche.

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