No hace tanto calor, pero seguro que más tarde va a subir la temperatura. No debemos preocuparnos entonces por el clima, si no llueve en Playa menos en Yucatán, según dicen aquí. Así que vamos rumbo a Chichén Itzá, esos edificios mayas que ya conocemos de fotos, enciclopedias y documentales. Eso quiere decir que nos toca madrugar (6:50 estamos arriba), que tenemos que desayunar apuraditos (llegamos incluso antes de que abran), regresamos para turnarnos en el baño (visita obligatoria matutina) y puntualmente está la combi esperándonos.
La excursión de Easy Tours nos cuesta 48 dólares por pasajero e incluye transporte, entrada y visita con guía a las ruinas de Chichén Itzá, almuerzo yucateco tenedor libre (sólo tenemos que pagar bebidas), chapuzón en el cenote Ik Kil y paseíto por Valladolid (sí, en México tiene un Mérida, un Valladolid…). Lo contratamos en el hotel mismo y es el mejor precio que encontramos en todo Playa.
Pero no empezamos bien: somos quince en la van y mis piernas entran justito-justito. Creía que pasaríamos por Cancún, pero vamos por el otro camino, hacia el sur, y luego de pasar por Tulum seguimos derechito al Estado yucateca. Bueno, no tan derechito: como en cualquier otra excursión, bajamos en Tulum con la excusa de una pasadita por el baño (que nunca viene mal) pero con el poco disfrazado objetivo de tentarnos con las baratijas que ofrecen un puñado de vendedores amigos. Y lo consiguen, ya que compramos un hermoso poster de Cozumel pintado a mano (no tan baratija, 150 pesos mexicanos) sólo para alimentar aún más el mito de mi hazaña en la isla, el día que me convertí en Super Mezcalito Racer.
La autopista se convierte en carretera y luego en un sencillo camino que pasa junto a caseríos todavía más humildes, hogar de auténticos mayas. Son casitas de apenas dos paredes -algunas tres- y techos de palapas, totalmente despojadas, rodeadas de algunos comercios de frentes descascarados con malas reproducciones de logos de Coca Cola y Corona. Hay cementerios de diez tumbas a la vera de la ruta, gallinas, cercas de piedras apiladas, una tienda de abarrotes llamada con picardía McGómez (con el famoso ícono de los arcos dorados), alguna casita de material sin pintar, tres o cuatros chozas más y de nuevo la ruta.
En la combi hay yanquis, una chilena, un español, un par de nórdicas (vaya uno a saber qué idioma hablan), italianas (no pararon de comer en todo el viaje y ahora atacan un Activia, ya empezamos a temer por la salubridad dentro de la traffic)… Otra vez Claudia es la única que no entiende al guía cuando no traduce algún chiste que hace en inglés. Y se enoja, ya puso caritas y refunfuña.
Paramos en una tienda de artesanías maya. Hay cosas muy bonitas, pero caras. Creíamos que ya casi estábamos llegando a las ruinas, pero falta casi una hora. De todas maneras, el paisaje es muy pintoresco y es fácil imaginarse cómo era la vida en estas tierras hace dos siglos o incluso diez.
El cartel de la imponente fachada anuncia “CHICHEN ITZA” en letras gigantes talladas en madera. Las van de Easy Tours mezclan a sus pasajeros y vuelven a dividirnos, ahora por idiomas. Nuestro guía, el que habla español, es Wilmer, descendiente directo de los mayas, que se nota que sabe un montón y de a poco empieza a soltarse, atrapando incluso a los que parecían menos afectos a la historia y cultura yucateca. Unas pendejas conchetas escuchan azoradas, es fácil imaginarse sus ojos desorbitados debajo de los lentes oscuros, se llevan las manos al pecho, a la boca… Bueno, también preguntan giladas, pero están claramente hipnotizadas por las palabras de nuestro guía y el maravilloso entorno.
Allí está el templo de Kukulkán, “El Castillo” (nombre que resulta el único aporte español a la causa), su diseño perfecto, su orientación milimétricamente precisa, su acústica deslumbrante, sus escaleras majestuosas, sus esculturas increíbles. Pero el campo de pelota me pega en el pecho, me desarma, es la historia misma subiendo por las piernas, es meterse en los libros de historia y transportarse a los días prehispánicos. Dice Claudia que cuando me emociono los brazos me trepan hasta el pecho, termino abrazado a lo que tenga en mis manos, en este caso una botellita de agua mineral.
Los pueblos mayas mantenían guerras entre ellos y con algunas culturas más lejanas, pero se destacaban por sus conocimientos arquitectónicos y astronómicos, su sabiduría en temas como religión, agricultura y manualidades. Por eso, los toltecas llegaron y se los morfaron de parados. Todo lo que se ve es posterior a la invasión tolteca, ¿entonces no es obra de los mayas? Wilmer casi se ofende con la pregunta: “Lo construimos los mayas, con mano de obra maya y bajo las indicaciones de los sabios mayas, que diseñaron todo. Los sacerdotes más preparados eran esclavos de lujo de los toltecas”, argumenta. Está bien, yo también estoy del lado de los sojuzgados.
Claudia llegó sin demasiada convicción. Ahora está alucinada. Se desespera por fotografiar los restos sepultados bajo Kukulkán, se maravilla con el observatorio, con los diseños de las cabezas de serpientes, con los tzompantli, esos muros repletos de calaveras. Yo estoy deslumbrado y emocionado, no quiero perderme ni una palabra de Wilmer.
Nos queda poco tiempo para recorrer por nuestra cuenta y fotografiar a troche y moche, pero realmente valió la pena. Aun a las corridas no quiero dejar pasar la oportunidad de disfrutar una “Experiencia Discovery Channel”: cada aplauso de frente a las escalinatas regresa con un eco que emula el canto de un quetzal. Sí, claro, hicieron cosas mucho más increíbles, pero esto es tan genial como divertido.
A poco de salir y de nuevo reunidos con nuestro grupo original, ya estamos camino a nuestro almuerzo yucateca. En el bufet hay bailarines moviéndose al ritmo de una jarana, pero creo que somos los únicos entre más de cien personas que les prestan atención. Les dejo un dólar de propina, no es mucho pero hacen un esfuerzo para agradecerlo, espero que sirva para tocar la vergüenza de algún otro comensal.
Ataco con fruición la cochinita pibil, pero quien se lleva los aplausos es la carnicería de la italiana Activia, cuyo plato es un bacanal que desaparece en un segundo. La nórdica fóbica (se mostró ridículamente incómoda al rozar mi codo en la combi) empuña el cuchillo como si en su tierra natal tuviese que cazar osos salvajes para alimentarse.
Pagamos solamente 30 pesos mexicanos por una cerveza y una botellita de agua. Afuera, un policía dirige el tránsito como si estuviese en la esquina de Bellas Artes, pero el promedio de vehículos por minuto es al menos doscientas veces menor en esta ruta. Volvemos al camino y en pocos minutos estamos en el cenote.
Se llama Ik-Kil, pero lo veo demasiado parecido al cenote Azul de las fotos de Fisu. (nota: después voy a descubrir que, efectivamente, es el mismo) Es una sensación curiosa: el agua está en un pozo a más de treinta metros del nivel del piso, y tiene una profundidad de cuarenta metros. No llega al sol hasta acá abajo, pero el agua no está muy fría, dicen que a 24 grados. Somos como pececitos en una pecera bien decorada. Extrañísimo. “¿Has entrado?”, se sorprende la italiana Activia, que afortunadamente decidió no zambullirse en el cenote; el choque del agua fresquita con ese estómago repleto de alimentos podría haber terminado en tragedia.
Hacemos una parada en Valladolid. Es apenas un pueblito que parece haber ganado notoriedad por encontrarse en el camino a la Riviera Maya. La plaza central es rara, se ve demasiado artificial, pero las calles aledañas son más reales, las casas coloniales desvencijadas. Es como si hubiesen pintado a La Habana Vieja de amarillo y celeste. Cae el atardecer y las copas de los árboles se abarrotan de totís, nubes con centenares de pájaros negros que van y vienen buscando una rama para dormir.
El regreso es largo y el diluvio que baña el parabrisas produce un efecto de profunda somnolencia. No extraño la marcha tecno de Mamita’s pero las versiones cumbieras de La Sonora de Margarita empiezan a aburrir. Pese al impenetrable aguacero nocturno nuestro chofer, Carlos, avanza a excelente ritmo. No por nada fue presentado como Schumi en el arranque de la agotadora jornada.
Mientras Claudia se entrega a la reparadora hora del baño, María Elena dice cosas extrañas en el chat. “¿Seguro que sos vos? ¿Mi hermana no está leyendo?”, insiste, para preguntar si hace mucho que no hablamos con Julián. Claudia se impacienta, quiere leer el chat pero no quiere saber nada cuando María Elena habla de una sorpresa, de algo “lindo pero re heavy”, da vueltas y no dice nada pero dice todo. Claudia está convencida de que su presentimiento se convirtió en realidad y yo escribo que ya me imagino de qué estamos hablando: Rocío está embarazada, va a tener un bebé. “No”, tipea María Elena, “ya lo tuvo”. ¿Qué? ¿Cuándo, cómo? Me dice que está todo bien, más que bien, que Julián va a llamar por teléfono al hotel. Claudia sigue sin saberlo, asegura que ya lo sabe pero no, no sabe nada. Suena el teléfono: “Ya sé”, dice Claudia, pero desde Rosario Julián le pide paciencia y le narra cronológicamente toda la historia, paso a paso, pacientemente. “¿Ya le dijo?”, se impacienta María Elena en el chat. “No, parece que va por partes”, le respondo, mientras Claudia se agarra el pecho, temblando. “¿Y ahora?”, insiste. Ahora sí, ya se lo dijo, Claudia se agarra la cabeza, con una mueca que no se distingue a mitad de camino entre llanto y sonrisa. “¿Cómo están?”, escribe María Elena. “Los dos llorando, felices”. Enter.
Rocío no sabía que estaba embarazada, lo descubrió cuando el embarazo había superado el sexto mes. Es una nena, Lucina, de dos kilos y medio que nació sietemesina y ni siquiera conoció la incubadora. Llegó a este mundo cuando todavía estábamos mojados, saliendo del cenote. La profecía de Claudia se cumplió con creces.
Gracias, Skype. Agotamos el crédito llamando por teléfono a todo el mundo en Rosario, a María Elena, a Julián de nuevo, a Eddy y Carlos, al celular de Julián, al de Manuel (que no responde y ya nos dijeron que el tipo está desbordado), al fijo de mi vieja que no anda y después al celular, al de Ariana en Bariloche. Claudia habla con Rocío y con su madre, Olga, de quien ahora conocemos solamente su voz. No sabemos qué hacer, para dónde rajar. Sí, estamos felices, parece que toda la familia está completamente feliz. Pero es todo muy raro, rarísimo, estamos tan lejos, no la conocemos y ya nos imaginamos lo que vamos a hacer con Lucina dentro de una semana, en seis meses, cuando cumpla un año, cuando tenga cuatro, a los diez.
Ni siquiera la voz de Julián parece Julián. Es otra persona, un tipo maduro. ¿Será? Es increíble, ahora es padre.
Hace diecinueve años yo tenía diecinueve y los “tuve” a Juli y Manu; ¿en dicecinueve más seré bisabuelo o será mi hora final?
Es tardísimo, son más de las once de la noche, salimos desorientados a buscar algún boliche abierto donde comer, o al menos algún lugar para sentarnos un rato. No tenemos con quién compartir la noticia, no podemos evitar contarle al conserje, al mozo de El Diez, queremos parar a algún yanqui en la 5ª Avenida para decirle que somos abuelos. ¡Abuelos! Si parecía que había transcurrido un siglo desde que estuvimos en el DF, ahora es como si Chichén Itzá nos hubiese transportado en tiempo y espacio, vamos a regresar a Rosario siendo abuelos.
Claudia pide agua mineral y no se decide por la comida. Yo pido carne argentina y un daiquiri. Claudia pide un margarita y se olvida de suspender el agua, que finalmente va a quedar olvidada sobre la mesa. Chin chin, por nuestra nieta, Lucina, que es un verdadero milagro.
La frase del día: “No, ya lo tuvo” (María Elena en el chat, al anunciar que Claudia se quedó corta imaginando que Rocío estaría embarazada; ahora es mamá)
El personaje: Lucina Poloni, por supuesto. Va a ser difícil pensar en otra cosa en lo que queda de vacaciones.














