Ya empecé a disfrutar de Lucina; Claudia imagina lo que vendrá (la beba en casa, cuando empiece a hablar, cuando cumpla años…) pero yo simplemente disfruto por lo que voy a disfrutar. Quiero que las vacaciones sigan, pero también que se terminen, jamás estuve tan ansioso por todo.
Pero Claudia está rara, feliz pero inquieta. Sigue programando a cada minuto su futuro inmediato y el más lejano. Si habitualmente sus pensamientos corren más rápido que su boca (lo cual no es moco de pavo) ahora se pierde en frases cortas, inconexas e inconclusas, y se mete en baches interminables. Ni siquiera tiene tiempo de extrañar el mate.
El día amenaza con ser horrible, pero de a poco se insinúa un tibio solcito y las nubes empiezan a correrse. Ya tengo más de dos mil fotos (aunque seguro que no menos de mil son una porquería) y de todas manera sigo sacando, a lo mejor porque hay muy pocas de ayer.
Entramos a Señor Frog’s, la misma puerta que evitamos cientos de veces. Claro, a mirar ropa de nena. Creo que más de un familiar se quedará sin regalo de nuestras vacaciones, estamos demasiado concentrados en la bebé.
Mamita’s está genial, el agua está genial, pero como que ya está, listo, volvamos a Rosario. Tengo ganas de quedarme, obvio, el lugar es alucinante y no cuesta nada acostumbrarse a una vida así, pero también quisiera estar ahorita mismo en Argentina. En cualquier otra oportunidad sería difícil de explicar, pero creo que cualquiera podría entender mi sentimiento.
Volvemos temprano. Nos decidimos a contratar la excursión a Isla Mujeres, pero Claudia quiere dejarla para el domingo. Yo hubiese opinado que la hagamos mañana, ya que no quedaría tan cerca del regreso, a lo mejor el clima mejora definitivamente y ya tendríamos completos todos los tours que habíamos planeado hacer, pero la patrona insiste. De todas maneras, no hay lugar para el domingo.
Hacemos fiaca, damos vueltas, divagamos un rato más (nuestras charlas se han vuelto tan previsibles como cursis), nos bañamos y salimos temprano a comer. Ibamos a ir a La vagabunda, pero lo que vimos esta mañana era el menú del desayuno (es como en “Un día de furia”, al mediodía ya no hay más omeletes, por ejemplo) y los precios no nos convencen. En realidad no es caro y tampoco estamos amarretes (todo lo contrario), sólo que no me agrada pagar mucho más de lo que considero adecuado, por decirlo de alguna manera.
Cenamos en el italiano, el barato. Claudia elige ñoquis, yo estoy convertido en todo un güey mexicano: “¿No tienes quesadillas de arrachera?”, no, bueno, me conformo con las regulares, seguro que me traen alguna salsa picosa como la gente; y cerveza, aunque aquí no hay Modelo Especial, sólo una lager. “¿Es la Dos Equis?”, sí, bueno. Pero a lo que no me acostumbro es al gajito de limón enchufado en el pico de la botellita. Al final, el mexicatano Remo tenía razón, estoy feliz con la comida mexicana, y me arrepiento de haber seguido tan al pie de la letra las advertencias de Toto y Fisu; ¡las cosas que habría comido en el DF!
Otra vez pasamos por Ah Cacao para llevarnos sendos vasos de mocha, que ya se nos ha convertido en un vicio sin solución de continuidad. Nos vamos a dormir temprano, mañana arrancamos a primerísima hora.
La frase del día: “Se me va a hacer largo el viaje a Rosario” (Claudia, pensando en… Lucina, claro)
El personaje: la pareja de porteños que hoy encontramos en un restaurante, la misma que el año pasado estuvo parando en el mismo hotel que nosotros en Cayo Largo, tremenda casualidad.





