Hoy sí, Isla Mujeres, allá vamos.

Pero vamos sin recibo ni comprobante con una empresa cuyo nombre no alcanzo a retener, la camioneta blanca sin logotipos. Apenas subimos ya notamos la ira de unas gallegas que, afortunadamente, seguirán por otro lado. Nos bajan en el hotel Porto Real a otra van igual de blanca, sin inscripciones. Por el camino vemos otros pasajeros en la misma situación. Si los de Easy Tours están enquilombados, no hay dudas de que estos también.

Entramos a buscar gente a Maroma. Confirmado: los all inclusive están construidos tan lejos de la carretera como para amedrentar a cualquier turista para que no se aleje de sus límites ni para conocer algún restaurante de la Quinta Avenida. Alberto chávez es nuestro chofer, que nos da charla como todos los choferes mexicanos. Les gusta hablar más que a los cubanos, bueno, no tanto. Chávez pasa aviso por la radio: “Hay seis PAX (pasajeros) en Maroma que nos son míos… bueno, vengan a buscarlos”. Definitivamente, están enquilombados.

La zona hotelera, desde la ventanilla.

Conocemos otra parte de Cancún, la zona hotelera. “Esto es otra cosa”, dice Claudia, que parece entusiasmada, aunque yo sigo pensando que es una porquería. Pero sí, es otra cosa. Se ven edificios con estética egipcia, una avenida con palmeras, el mar del otro lado, algún campito de golf, un shopping despampanante, más hoteles increíbles, monstruosos, monumentales, el mar ahora de este lado, más hoteles, más hoteles, otro shopping. Sí, es otra cosa: es Miami, es La Habana si hubiesen dejado entran a los yanquis. Paso.

En el muelle de Cancún.

El muelle y los encargados de la organización están enquilombados. Aparecen grupos de excursionistas de abajo de las piedras. Nos quieren cobrar algo; yo sabía que había que pagar un par de dólares por el impuesto a usar los delfines o algo así, pero esta gente pretende que paguemos noventa billetes verdes por cabeza. Parece que hay un Pérez en el Porto Real que reservó y todavía no pasó por caja, no somos nosotros. Descubro entonces que el tipo paga treinta dólares más que nosotros sólo porque se hospeda en un hotel a todo culo.

Preparados para cruzar a Isla.

Nuestra salida se demora y los que venían con nosotros en la camioneta de Chávez se fueron en otro catamarán, pero cuando parece que se olvidaron de nosotros llaman a gritos a los de pulserita amarilla. Nosotros. Isla Mujeres, allá vamos.

Son las 10:30 y acabo de batir mi propio record, una plusmarca que quizás pueda competir a nivel nacional. Desde las 7:15 de hoy y a lo largo de tres horas dejé mi sello casi indeleble en cinco inodoros distintos de la Riviera Maya. Cinco sentadas en tres horas exactas. Estoy completamente vacío, listo para empezar de cero.

A bordo del Neptuno.

Subimos al catamarán Neptuno. Está zarpando otro, con un diseño de cabina distinto, la gente viaja prácticamente bajo el nivel del agua, parece que se puede disfrutar el viaje más tranquilamente. El nuestro lleva a los pasajeros desperdigados por arriba de la cabina y por la proa.

No, el Neptuno es mejor. Se sacude lindo y pega salpicones de vez en cuando, pero en este viaje descubrí que ambos realmente disfrutamos de la navegación. Está fresquito cuando se esconde el sol y a veces sopla un viento apenas excesivo, pero cuando los rayos pegan en la cara se pone lindo.

Fotos en proa.

Suena música bolichera. Alex conduce el show con un poco de chispa (aunque, definitivamente, la gracia y espontaneidad no es el fuerte de los mexicanos, ni siquiera en los showman de catamarán), Javier hasta ahora sólo levantó el pulgar derecho con una sonrisa y ya se nota que tiene onda. Hay muchos turistas argentinos, pero también franceses, estadounidenses, hindúes y hasta un grupete de “cubanos de Miami”. Deben estar acostumbrados a botes más precarios, je. Abren la barra libre y yo pido ron con cola, no vaya a ser que diga “Cuba Libre” y se arme un conflicto internacional. “¿Un motín? No, ¿por qué, si nosotros somos más?”, se divierte Javier, definitivamente muy buena onda. Es el ron con cola más berreta que probé en mi vida, pero prometen que vamos a tener nuestro vaso lleno hasta las siete de la tarde, cuando regresemos al muelle, supongo que para entonces pocos en el catamarán recordarán el sabor de un ron como la gente.

El pobre bicho en su "hábitat".

Cruzamos a buen ritmo (de navegación, de música y de bebidas) hasta el extremo sur de Isla Mujeres. Hay un muellecito de madera crujiente en el que hacemos cola para bajar a una improvisada pileta cercana a la orilla donde nos fotografiamos con un tiburón gato. Pobre bicho. Un gordo con menos cerebro que el sufriente escualo se aferra al inofensivo animal y lo empuja hacia cada pareja que posa para los flashes. El tiburón casi que se queja, se le nota en la mirada. Me arrepiento de haberme prestado a las fotos con el martirizado bichejo, más inofensivo que un caracol sin caparazón.

La foto oficial.

Para los que estén interesados, hay un método que descubrí involuntariamente para pasar más tiempo abrazando al pescado: hay un fotógrafo que saca una foto que después querrá vendernos. El truco consiste en esquivar la mirada al momento del disparo. El fotógrafo querrá una instantánea de los turistas sonriendo a cámara, por lo que propondrá de mala manera una nueva foto, con la recomendación de no bajar la vista. Dirá: “Ahora sí, uno, dos y…”, y otra vez habrá que mirar para otro lado. El turista compartirá más de los cincos segundos estipulados junto al animalito, y el momento de franeleo entre tiburón y turista se prolongará tanto como tantas veces el turista esté dispuesto a soportar las puteadas del fotógrafo y su asistente.

Ahora sí, fauna en estado natural.

Seguimos bordeando Isla Mujeres, por la costa enfrentada a Cancún, casi hasta llegar a “la ciudad”, apenas un montoncito de casas y edificios bajos que sólo se distingue de cerca. Zambullida al arrecife coralino. Es alucinante: aguas casi transparentes, un pez payaso, un pez ángel, cardúmenes por acá y por allá, por supuesto que corales, de todo tipo y color, incluso alguna que otra barracuda y hasta un pulpo -según nuestro guía- que no alcanzo a distinguir (parece que está semienterrado; el pulpo, no el guía) pero igual saco una foto para ver si tengo suerte después del revelado.

Elegancia subacuática.

Claudia está cada vez más culposa porque no me dejó comprar en Rosario la camarita sumergible; es que ella también la estaría disfrutando ahora. Lo peor es que no conseguí en todo México un estanco resistente al agua, justamente el modelo que tiene un porteño que está sacando fotos en pleno océano, más precisamente al lado mío. “Lo compré en Playa del Carmen, era el último que tenían”, asegura. La puta que te parió.

Es nuestra tercera sesión de snorkel en estas vacaciones y casi que no podría decidirme cuál fue la mejor (bueno, el truco del guía de Cozumel alimentando pececitos se lleva el premio gordo). Lo único que me faltó en tierras mexicanas fue un encuentro con un manatí, que sólo hubiese sido posible en Punta Allen o en uno de los parques temáticos a cambio de un buen fajo de dólares. Alguna vez, quizás, tal vez…

Cada vez me siento más cómodo esnorqueleando, aunque ya de entrada decido prescindir del tubo para respirar. Creo que no nací para el buceo, estoy muy bien chapoteando en la superficie.

La "gran avenida" costanera de Isla Mujeres.

Nos dejan una hora para recorrer el pueblo, y parece que es suficiente. No estaría nada mal pasar unas vacaciones completas aquí. No son más de siete cuadras de largo por cuatro en la zona más ancha de la isla. Es muy pintoresco, como si fuese Playa del Carmen pero en miniatura. En alguna esquina se puede ver el mar hacia el oeste y hacia el este también.

Claudia quiere alquilar uno de esos carritos de golf aunque no tiene mucho sentido, casi no hay adónde ir. Además, no traje efectivo y encima creí que tenía conmigo la tarjeta de débito y parece que la olvidé en el hotel (o al menos eso espero).

Sonrisas en el muellecito de Isla.

A las 14 en punto estamos de regreso en el catamarán aunque falta un pasajero, una latina de Nueva Yol que no aparece por ningún lado. Javier la espera y la llevará por tierra hasta la zona del refugio del tiburón gato, el mismo lugar donde ahora comemos en un bufet, precio incluido en el paquete (la bebida también, así que seguimos chupando). Claudia ya tomó Tequila Sunrise, Sex on the Beach, margaritas varios… perdió la cuenta de la cantidad y espero que no pierda la estabilidad en aguas abiertas. Yo apenas si tomé una cervecita en algún momento y ahora otro ron con cola.

Un "descanso" tras el almuerzo.

Después de comer damos unas vueltitas por la arena y, mientras el sol empieza a caer allá enfrente, detrás de Cancún, subimos al Neptuno junto con la neoyolquina, Marta González, hija de cubano y dominicana, nieta de español y albana (creo; la mujer habla un español tan enrevesado…), pretendida por cada integrante de la crew de nuestro catamarán. Ciertamente, no será Beyoncé pero es lo mejorcito a bordo.

Tequila va, ron con cola viene, Claudia finalmente accede a comprar nuestra foto con el escualo sufriente, aunque no las del snorkel (abajo del agua y con máscaras podríamos ser nosotros o cualquier otro), pero Alex promete que al final del viaje nos va a regalar esas otras también.

Al son de la salsa en la pista flotante.

Claudia, evidentemente beoda, pide al DJ que arranque con la salsa y se pone a bailar lidiando con envidiable precisión las hamacadas de la embarcación. Los cubanos miamenses (que hace un rato despreciaron el bufet gratis y pagaron langosta para los cuatro) ahora piden presupuesto por cada lanchita que pasa junto a nosotros. Desde otro catamarán un grupo muy animado hace gala de sus culos blancos en medio de gritos exaltados. Aparece un pequeño crucero que no lleva pasajeros, apenas la tripulación y quizás adentro esté el dueño, un tal príncipe Abdulaziz Jeddah. Es el hijo favorito del rey saudí y tiene, seguramente entre otras tantas cosas, este superyate de 147 metros de largo que hasta incluye hasta un helipuerto.

Los culos del barco stripper. Las aguas abiertas de Cancún, en llamas.

Cancún, la fea.

Pero no importa nada, el clima es fantástico, el agua inmejorable (los cientos de manchas oscuras en el agua celeste son formaciones coralinas) y Cancún, la horrible Cancún, ahora se ve hermosa a lo lejos con su skyline recortado por el sol que se esconde pintando el cielo de rosado y convirtiendo las nubes en pedazos de algodón. Imposible no ser cursi. Imposible que al menos una foto no salga perfecta.

Una pareja española grita, se ríe a las carcajadas y putea al cielo de felicidad, si es que eso es posible. Los hindúes sacan fotos de todo lo que se mueve y de lo que no también. Los franceses sonríen y se miran entre ellos, quizás avergonzados por el espectáculo. Los argentinos celebran cada intervención de Alex como si fuese el Larry King chicano.

Indecoroso espectáculo público.

Uno de los tripulantes aparece con un botellón de tequila con jugo de fresa y es tiempo de descontrol: el tipo enchastra el pecho de un hombre y una dama se apura apura a beberlo antes de que se desparrame por la proa. Y después se invierten los roles. Los españoles primero (“¡La puta madre!”, se queja él entre risotadas), seguimos Claudia y yo (abuelos descocados), y Martita finalmente accede y no se amedrenta con la tremenda erección de Javier, que ya está algo más que alegre (por el nivel etílico), mojado (con tequila), lamido (por Martita) y caliente (como un marinero).

Marta y Claudia, encendidas.

Tres cuarta parte del pasaje de Neptuno está pasada de alcohol, incluyendo a la tripulación completa. Lo único que espero es que el capitán (tan serio y aburrido al principio, pura sonrisa ahora y la mirada perdida) encuentre el camino de regreso a tiempo para que mañana podamos llegar sin apremios al aeropuerto.

Nadie quiere bajar de la disco flotante.

No hay de qué preocuparse: la discoteca flotante casi ni se mueve hasta que, finalmente, ya no se mueve más. Acabamos de amarrar en el puerto de Cancún en medio de aplausos, abrazos, los tragos del final y algunos que se niegan a dejar de bailar hasta un segundo antes de saltar al muelle. Somos los últimos, a la espera de que nos regalen esas fotos pedorras que nos prometieron. Alex no aparece por ningún lado pero finalmente el Paparazzi (así llaman al fotógrafo del Neptuno, vaya originalidad) nos entrega las instantáneas.

Que son gratis pero nos salen caras, muy caras. No hay nadie esperándonos en la avenida, apenas una camioneta que evidentemente no es de nuestra agencia de turismo, que no sé cómo se llama. Sólo sé que Chávez nos dejó de plantón y que esta última van ya en el oscuro de la noche nos ofrece llevarnos al hotel por cinco dólares por cabeza. “Un taxi hasta allá les va a salir 50 o 60 dólares”, nos apura el chofer, pero suena tan convincente que probablemente tenga razón.

Otro chofer charlatán. “Los policías de México son los peores del mundo”, asegura, pero cuando le cuento sobre la Federal y la Bonaerense acordamos un indigno empate. Martita opina en su español estrambótico. Habla tan atravesado que Claudia le entendió que era publicista y en realidad es policía, de las que llevan el NYPD en la espalda. Y dice que todo el tiempo está lidiando con mexicanos ilegales borrachos golpeados que no se animan a hacer la denuncia.

Llegamos tarde, felices. El último percance casi ni se sintió. Han sido unas vacaciones inolvidables, aunque todavía nos queda un cachito. Por lo pronto, cena en los italianos de nuevo, que es barato, bueno y nos tratan muy bien.

Javier

Javier

La frase del día: ”¿Qué son tres gays en fila? El cumpleaños de quien está en medio” (Javier, que estuvo cerca de terminar como el gay del medio)

El personaje: Javier, que no sólo fue el más buena onda de la tripulación del Neptuno sino que demostró casi sin sonrojarse su sangre caliente latina. Y mantuvo mi vaso lleno de ron con coca siempre lleno, incluso cuando le pedía que no lo hiciera.

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