Claudia haraganea un poco, yo estoy arriba a las 7:30 para ultimar detalles. It’s the end, my friend. Pero empieza la carrera de resistencia: nos falta más de un día para llegar a Rosario, a casa, a nuestra cama, a darle un beso a nuestra nieta.
Desayunamos tranqui, nos pegamos un buen baño (no habrá otro por un buen tiempo), con fuerza y maña terminamos de cerrar las valijas (tengo miedo, ¿cuánto habrá que pagar por el sobrepeso de nuestro equipaje?) y unos minutos antes de la hora prevista estamos en el lobby. La van llega puntual a las 11:30.
Viajan con nosotros dos mendocinos que estuvieron en un all inclusive. Tiro algunos poco sutiles estiletazos contra esa manera de vacacionar; ella está de acuerdo con nosotros, pero él parece tener alma de gordo insaciable a la hora de la cena. Cada uno hace lo que puede y lo que quiere, no sería extraño que el año que viene él termine en un cinco estrellas de Cancún y ella de mochilera en Palenque.
En el simpatiquísimo aeropuerto de Cancún gastamos los últimos pesos mexicanos en un barcito onda surfer. Claudia está encantada con el Duty Free pero acá no se puede comprar si vamos a hacer escala en el DF.
Los horarios vienen al pie de la letra, a las 15:15 estamos en el aire. Nuestro comandante anuncia una hora y media de vuelo. Ya lo sabíamos, pero no podemos dejar de alucinarnos con la vista de Ciudad de México, ahora de día, igual de imponente e interminable.
El avión se sacude de lo lindo, el vuelo es más movido incluso que el de hace un año sobre La Habana, aunque no le llega ni a los talones a aquella tormenta eléctrica con vientos huracanados llegando a Rosario. Habría que explicárselo a la señorita que acompaña el capo narco (ella jovencita, muy bien arreglada y con panza de inminente parto, él pelado y gordo, traje negro, camisa blanca, corbata roja y anillos de oro). La azafata le acaricia la cabeza intentando tranqilizarla. Quizás todavía les quede un tramo aéreo hasta Sinaloa.
A las dos horas exactas estamos pisando el el aeropuerto Benito Juárez. Es un monstruo, gigante, hasta tienen un carrito para ir de la terminal nacional al sector internacional e interminables cintas transportadoras. No hay wi-fi gratis y cobran un dólar el minuto de conexión a internet, así que habrá que esperar casi medio día para llegar a Santiago y subir las últimas fotos al Facebook. Aprovecho unos enchufes para cargar la batería de Noralie. Solamente se puede fumar en la calle, pero Claudia no se amedrenta y sale igual, aunque demora quince minutos en llegar al sector donde puede pegar una pitada.
El Duty Free tiene la mitad de las cosas de lo que había en el de Cancún, en contra de toda lógica. Claudia compra varios regalos, está chocha igual. Se lleva también una remerita con tachas de Hard Rock tamaño recién nacido.
El avión se mueve a las 21:10 y finalmente deja de tocar la pista del aeropuerto media hora mas tarde. El despegue es genial, México se va de a poquito por la ventanilla, las luces desparramadas, esparcidas por toda la ventanilla, salpicadas en cámara lenta. Cuando parece que las sombras se van a comer toda nuestra visual, aparecen más luces. Increíble. Ya tengo filmaciones de cada despegue y aterrizaje de esta jornada, pero todavía falta mucho, mucho.
Tenemos por delante siete horas cincuenta de vuelo, aunque ya sabemos que se pasa volando, valga la alegoría barata. Pero la comida está un par de escalones por debajo de las delicias de la ida. Demasiada expectativa. Comemos pasta rellena con ricota y salsa blanca. Venimos agotados, pero casi no dormimos por culpa del atrapante centro de entretenimiento. Bueno, yo casi ni duermo, Claudia se saca un poco las ganas.
Ya es otro día, pero para nosotros sigue siendo el mismo. El amanecer es hermoso. Llegamos al aeropuerto de Santiago después de las cinco de la mañana, pero aquí ya son las ocho pasadas. Ya sabemos que todo es carísimo en el Arturo Merino Benítez, pero Claudia no puede evitar gastar cinco dólares para tomar un café en el único sector para fumadores.
Estamos otra vez en el aire, otra vez sobre la Cordillera. Es imponente, hay nubes por todos lados justo hasta la línea que dibujan los Andes y después un cielo diáfano, y nosotros mirando todo desde arriba. Un rato más tarde nos metemos adentro de las nubes. Cabeceamos de a ratos y, antes de terminar de acomodarnos, aterrizamos a las 11.52, pero no es el final del viaje ni por asomo. En Ezeiza hay cientos de coreanos o japoneses, orientales al fin, con mil valijas que empujan de acá para allá. Es evidente, vienen para quedarse, van a vivir en las antípodas.
Manuel había jurado sobre su tumba que Vantravel es mejor que Tienda León, pero si es así no logro advertirlo. Nos pasean por Buenos Aires, estamos yendo a Aeroparque a recibir un contingente, recién a las quince va a aterrizar el vuelo que tenemos que esperar. Estamos destruidos, ya no hacemos asco a nada y podemos dormir arriba de una piedra. Juro que en Aeroparque caí en brazos de Morfeo mientras estaba sentado con la puerta abierta en un bordecito de la camioneta, un pie arriba y otro en el asfalto.
A la ruta ni la vemos. Yo me despierto un rato con la camioneta detenida en una larga fila de camiones que esperan que despejen la ruta donde hubo un accidente. Vuelvo a abrir los ojos recién en el parador La Serena, para masticar algo, tomar abundante líquido (hace calor, mucho), un pis y otra vez a la ruta. Claudia se duerme de a ratos, yo ya estoy impaciente por llegar. Fueron unas vacaciones estupendas, interminables de felicidad y también de impaciencia por regresar, por todo lo que nos espera. La ruta se hace familiar. Salimos ayer a la mañana de México y recién la noche siguiente estamos a punto de volver a casa. Los edificios empiezan a resultar conocidos. Ya está llegando Rosario. This is the end, beautiful friend.
La frase del día: “Estos chinos siempre son un quilombo” (la queja del empleado de Aeroparque)
El personaje: El gordo-ñoño-capo-narco con su muerta-de-miedo-novia-embarazada en el vuelo entre Cancún y DF.







