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Listos para partir.

El Malvinas Argentinas es la misma porquería de siempre, aunque esta vez hay bastante gente, algo realmente extraño en este aeropuerto que suele ser una cáscara vacía. Es que antes que nuestro vuelo a Rio de Janeiro sale uno a Punta Cana. En una semana toda esta gente estará de regreso, a nosotros nos quedarán todavía algo más de siete días por delante en la Cidade Maravilhosa, a la que llegaremos por cuarta vez. Es que le hice respetar a Claudia nuestro pacto de viajar al menos una vez cada tres años a tierras cariocas. Ella preferiría conocer otro destino, pero no parece precisamente desanimada con regresar a Rio.

Esta vez no sólo Weather está en contra nuestra, sino también WindGuru y los noticieros, que no dejan de repetir acerca de las inundaciones en el Estado de Rio de Janeiro y el alerta meteorológico que continúa sin tregua.

Amanece, que no es poco.

El despegue estaba previsto para las 4:10, pero parece que todos llegamos temprano y a las 3:55 el avión ya está en movimiento. El vuelo es algo ajetreado, hay muchas nubes en Porto Alegre, pero nuestro comandante lo metió genial, lo bajó como una pluma y lo frenó en un pedacito, antes del pozo que, lo recuerdo perfectamente, está en el medio de la pista. Quizás para la próxima ya no esté, el Salgado Filho está en obras. Parece que la mitad de Brasil está en plenos trabajos de reconstrucción para el Mundial de 2014 y los Juegos Olímpicos de 2016.

Cosas de volar como los pájaros: amaneció mientras estábamos en el aire, las salidas del sol en pleno vuelo siempre son deliciosas. Aquí abajo todo está gris, nublado. Las nubes empiezan a moverse y otra vez está amaneciendo.

Argentinos amontonados.

Los trámites son un infierno. Hay argentinos desorientados por todos lados y un funcionario brasileño se nos ríe en la cara. Tenemos que recoger nuestro equipaje y despacharlo de nuevo para Rio, la cosa viene complicada.

Todo se demora más de lo previsto pero, increíblemente, el vuelo estaba programado para las 9.20 (hora local, de verano, una más que en Argentina) y venimos en perfecto horario.

Aborrezco con lo más profundo de mis entrañas a los que bajan la ventanilla incluso antes de despegar, pero ese odio no es nada al lado del que tengo por los que sacan fotos por la ventanilla con el flash activado. No debe existir fotografía más horrorosa que la de una ventanilla de un avión escrachada por la luz.

Guaraná, gusto a Brasil.

Por supuesto, en el vuelo tomo guaraná. Es el olorcito y el gusto a Brasil, no puedo evitar saborearlo y transportarme automáticamente. Desde aquí arriba el clima se ve genial pero hay nubes por acá y por allá… ¿podré ver a Rio desde el aire en la llegada? ¿Tendremos aunque sea un rayito de sol en la bienvenida?

El monstruoso Galeão.

Apenas ví la Restinga da Marambaia me trepó una súbita emoción. Venía feliz, pero ahora estoy decididamente sensibilizado. Ya reconozco los paisajes, los municipios limítrofes a Rio, anticipo las vistas que se acercan. Como decía Jobim, en un minuto estaremos en el Galeão. Aparece la bahía de Guanabara. Son las 10.58 y tocamos pista. Casi me tiembla la mandíbula.

Hermosa, como siempre. Rio está espléndida. En este mismo instante, en este segundo del universo, definitivamente acá es donde quiero estar.

Nos recibe la mujer de Antonio Antonini, nuestro habitual chofer rumbo al Augusto’s Copacabana Hotel. Nos presenta al resto de los pasajeros como si fuésemos viejos amigos. Pero nuestro chofer no es A.A., sino un tal José que conoce Rio menos que mi tía Maruca. Nos ofrecemos a ayudarlo para encontrar los hoteles de los demás turistas, pero apenas si sabe dónde está la avenida Atlântica y no mucho más. Al lado de José, nosotros somos cariocas de gema. “Vire aquí“, “a dereita“, “mais uma rua“… Este tipo debe ser nordestino.

Si la restinga me metió a Rio en el alma, los pastéis de queijo como sólo en esta ciudad saben hacer me introdujeron el sabor carioca en el cuerpo. En Transa, nuestro habitual restaurante de desembarque carioca, no había suco de maracujá, pero el de abacaxi es un buen reemplazo, más rico todavía que la deliciosa agua de piña que nos servían en Playa del Carmen.

Copacabana en todo su esplendor.

La primera caminata ya muestra algunos cambios. Help no existe más, están los carteles que anuncian la construcción del museo de Imagen y Sonido. El Ponto 5 y el 6 están vallados, próximos a una reforma. Todo está mirando a 2014 y 2016. Los cariocas no, no esperan, están todos en la playa, en Copacabana, la del pueblo. Todos. Es que llovió mucho durante varios días seguidos y, además, hoy es sábado. Hay nubes pero también solcito. Es el mejor día del mundo.

Las oficinas de Niemeyer.

La caminata es por las mismas cuadras de siempre, pero esta vez ya lo sé: ese edificio de ventanales redondeados es el Ypiranga, donde tiene sus oficinas Niemeyer. Compramos unas Bauduco en supermercado Zona Sul. Me empiezo a animar al portugués, con José ya perdí la vergonha, es la única forma de aprender a hablar.

Regresamos al hotel, No sé cuál es exactamente el plan pero caigo desmayado antes de preguntar. Parece que hubiera dormido días. Resulta que apenas fue una hora y me despierto sobresaltado, feliz, descansado, energizado. Me baño, la levanto a Claudia y salimos.

La feirinha de Copa.

La feirinha de siempre está cada vez más linda. Bibi Sucos está cada vez más lleno de gente. Estamos en lista de espera por una mesita en la vereda. Al mozo le digo “Hegnão” y escribe “Ernán”; es lo que pensaba, mi nombre en portugués es casi un aumentativo. El sólo hecho de estar en una lista de espera en Bibi me lleva a una emoción cercana a las lágrimas. Y el sandwich y el jugo de maracujá con acerola me hacen pensar que viví todo este tiempo solamente para llegar a este instante. Ya sé, todo es exagerado; es lo que me pasa en Rio: mis sentimientos son exagerados.

Incluso me crucé con una remera muy original sobre Facebook que ya me inspiró para mi próximo diseño, y después un viejo me pregunta por la calle si yo “moro no bairro“. “Ainda não“, tendría que haber respondido. Nada más lindo que me confundan con un carioca.

LA FRASE DEL DIA: “No puede hablar solamente en brasilero” (un argentino ofendido porque un funcionario del aeropuerto portoalegrense no habla español)

►Día 2: La gastronomía de Ipanema y Leblon

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